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La noche que los gallegos se echaron a la calle con cubos, palas y mascarillas para defender su tierra

Vigo arde once años después

Fecha: 16/10/2017 Ana J. Pastor ico favoritos Añadir a favoritos

La periodista del Atlántico Diario Ana J. Pastor vivió en primera persona cómo ardía Vigo... en 2006. Ayer la catástrofe le pilló otra vez trabajando: "Al pueblo gallego no se le atemoriza tan facilmente", escribe en interviú.

Aquel verano, ardió Vigo. Agosto de 2006, un gran titular en nuestro periódico recogía lo que hasta entonces había sido la mayor devastación en el entorno de la Ría por culpa de los incendios forestales. Fueron días de mucho trabajo, pero también de temor, de momentos muy duros y de mucha tristeza. Embarazada de siete meses, aquella oleada de fuegos intencionados me llevó a enfrentarme directamente con la realidad de la catástrofe, con personas pidiendo ayuda, momentos de riesgo y compañeros atrapados muy cerca de las llamas. No había descanso. En mi casa, en mis calles, con mis vecinos, con mi familia, la marca del fuego estaba presente día tras día con una inmensa nube de humo gris y una lluvia de cenizas que dificultaba desde salir a la calle hasta tender la colada.

Once años después, ha vuelto a suceder. El domingo, 15 de octubre, estaba marcado en el calendario como un día inaudito. Las previsiones meteorológicas preveían temperaturas por encima de los 30 grados, en pleno otoño, y se avecinaba la visita del huracán Ophelia que traería vientos de hasta 90 kilómetros por hora. Todo ello, en medio de una de las mayores sequías sufridas en los últimos años en el sur gallego, también insólito, como el hecho de que ese día ya se hubiera dado por terminada la campaña contra incendios. 

 En ese contexto, el sonido de sirenas de madrugada, a pocos minutos de las doce de la noche, presagiaban un domingo difícil, que acabó siendo uno de los más trágicos de nuestra historia reciente. A primera hora de la mañana, saltaba la alarma y se desvelaba el misterio de tal trasiego nocturno. Un incendio en la zona sur del área viguesa, a poco más de veinte minutos en coche, en el municipio de Ponteareas se había extendido y corría como la pólvora, sin control, acercándose cada vez más y asolando otras poblaciones de la comarca, Redondela, Pazos de Borbén y Soutomaior. En el casco urbano, el olor era ya insoportable y a mediodía un humo negro comenzaba a oscurecer el cielo vigués, como en una película que ya habíamos visto. A partir de ahí, se desató la locura. Nuevos focos en la zona más costera de la Ría, el Val Miñor, en Gondomar y Baiona movilizaban a los vecinos y por la tarde, el caos se adueñaba de la ciudad. Las llamas habían alcanzado los montes limítrofes, zona rural, pero dentro de Vigo.

En 17 años que llevo en esta ciudad he aprendido que al pueblo gallego no se le atemoriza tan fácilmente. Pero el 15-O pasó miedo, pasamos miedo. Cuatro víctimas mortales, cuatrocientos desalojados, y un daño medioambiental irreparable podría ser un resumido balance de la mayor catástrofe registrada en el área viguesa en su historia reciente, marcada por un pueblo que se echó a la calle con cubos, palas y mascarillas para defender su tierra.

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