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Directores / Agustín Valladolid (1996-1999)

La voz del pueblo llano

Fecha: 25/01/2018 Agustín Valladolid
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“Lo tenemos”. Días, semanas esperando esa llamada. Y esa frase. Sobre todo esa frase. Era Juan Luis Álvarez, Fiti, un reportero, una especie en vías de extinción. Estábamos en la segunda semana de julio de 1997, y le habíamos mandado hacía casi un mes a Panamá City; a buscar una aguja en un pajar. A él, al mítico Fernando Abizanda. Y a Sebas, que era una especie de ángel de la guarda, por si las cosas se torcían. Y contra todo pronóstico habían encontrado la aguja: a don Antonio de la Rosa, a quien habíamos dado por muerto tiempo atrás, huido de España allá por 1979 con 1.250 millones de pesetas en una maleta producto de una egregia estafa, el primer gran escándalo financiero de la democracia. Su defunción había sido anunciada por familia y allegados unos años antes de ser descubierto por Fiti y Abizanda. Hasta le hicieron un bonito funeral en Barcelona al que acudieron no pocos ilustres, mientras el buen hombre se partía de la risa en su piso panameño de la vía Argentina.

Antonio de la Rosa, padre fugado de Javier de la Rosa, vivía en Panamá City con documentación y nombre falsos. Julián Sáenz García, decía llamarse. Cuando interviú descubrió el engaño, hizo las maletas y volvió a Barcelona, lugar donde el 27 de abril de 2004 se pudo constatar, sin ningún género de duda, su fallecimiento. Nunca he revelado la fuente que nos puso en la pista. Miento, creo que se lo conté a Alberto, Alberto Pozas, quien me acompañó desde el minuto uno en aquella aventura y ha estado al pie del cañón hasta el final. 

Aquello fue un bombazo. Y aquello era interviú. Un continuo sobresalto, una montaña rusa, un sinvivir, un regalo. ¡Qué grande Fiti! Qué paciencia y qué equipo hacía con el sabio Fernando. Como antes Antonio Pardo, otro gran reportero que nos dejó a destiempo. Hubo otras muchas situaciones como la del fugado De la Rosa, de esas que se te agarran al estómago, que no te dejan respirar con normalidad. La farmacéutica de Olot, el falso Anglés… Y algún que otro intento, que cortamos de raíz, de utilizar la revista como herramienta de chantaje contra personas de notable relevancia pública. 

Pero interviú también ha sido, hasta este último suspiro, mucho más que grandes revelaciones o míticas firmas, como las de Manuel Vázquez Montalbán, Camilo José Cela o Forges. Porque su principal sello de distinción, su verdadero hecho diferencial, por encima de la inevitable portada, era que interviú iba allí donde nadie quería ir. Durante la edad de oro de la prensa española, los grandes medios mandaban a sus reporteros a Kosovo, Irak, Palestina… Pero sólo interviú respondía a las llamadas de auxilio de los pequeños pueblos en los que el olvido era el aliado imprescindible de los abusos de poder y de la corrupción local.

Alguien ha dicho que interviú dio voz al pueblo llano, y no se me ocurre mejor leyenda que esta para cincelar en el cenotafio de un medio de comunicación. 

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