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Directores / Jesús Maraña (1999-2002)

Al servicio de los gobernados

Fecha: 25/01/2018 Jesús Maraña
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Desconozco las cifras de ventas de esta revista en la última década. No tengo la menor idea de la proporción de ingresos y gastos. Tampoco sé en qué medida el hecho de pertenecer la cabecera a un gran grupo de comunicación obliga a analizar sus resultados en comunión con el conjunto de la propiedad. Estoy seguro de que le han afectado los mismos virus que al resto del papel: la revolución digital, la crisis económica y publicitaria, las nuevas necesidades y circuitos de información… esa tormenta perfecta en la que pesa mucho lo que menos solemos destacar los periodistas: los errores propios, la falta de reflejos a la hora de adecuarnos a lo que los lectores exigen o el empeño en aceptar la doble y falsa ecuación de que comunicación es igual a periodismo e Internet equivale a gratuidad.

Este es un país muy dado a grandes funerales. Somos estupendos a la hora de enterrar. Ocurre con las personas, también con las cabeceras de prensa. Medios que durante muchos años no han mencionado a interviú una sola vez, ahora dedican amplios espacios a lamentar la desaparición de “una cabecera histórica”. Se llama hipocresía, aunque en el último mensaje engorden un tópico que encierra (como todos los tópicos) una verdad parcial. 

 

Interviú es historia, y se equivocan de nuevo quienes pretenden analizar la realidad de hace cuarenta años con los ojos de hoy. Esta revista no nació con la democracia, sino que forzó cada semana los límites impuestos desde el poder a ese amago de democracia que asomaba meses después de la muerte del dictador. Sólo por la osadía de sus fundadores debería merecer el mayor respeto de periodistas y lectores. Es fácil con la mirada actual definirla simplemente como machista o sensacionalista. Es pura ceguera no entender que en 1976 el destape significaba romper los muros que el franquismo pretendía mantener en pie, y era además la excusa comercial que permitía investigar y publicar lo que las muy respetables, serias e ilustres cabeceras de aquel tiempo mantenían en la zona oscura y velada.

¿Debería interviú haber evolucionado de otro modo, rompiendo a su vez las nuevas barreras del siglo XXI y de una democracia condicionada por otros poderes? Seguro que sí, aunque uno se rebela ante el discurso fácil de jóvenes colegas que (en el periodismo y en la política) contemplan la debacle con esa mirada displicente de quien parece pensar: “Os lo tenéis merecido”. Vale, pero sólo en parte, y no todos por igual. Si los grandes medios hubieran publicado un 20 por ciento de las incómodas verdades difundidas por interviú, la historia de la corrupción política, de la delincuencia organizada, del narcotráfico, de las mafias de la prostitución o de los derroches sin cuento de recursos públicos sería muy diferente.

 

Cuando me preguntan por mi etapa en la dirección de interviú pongo el ejemplo de la agenda de un solo día: desayuno con un ministro de Aznar, cita a mediodía con Paula Vázquez para proponerle una portada y reunión a las 18 horas con dos espías cubanos que desvelaban chantajes a decenas de personalidades españolas en sus viajes a la isla. Lo que nunca olvidaré es un gran equipo profesional y humano encabezado por Ángel Ibáñez, el mejor de todos nosotros. Y lo que cumplió interviú (buzón permanente de denuncias de la gente sencilla) es lo que se escucha en Los archivos del Pentágono , la película de Spielberg recién estrenada: “La prensa debe servir a los gobernados, no a los gobernantes”. Con la desaparición de esta cabecera ganan los poderosos, pierden los ciudadanos. Ojalá fuera la última vez. 

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