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Último número de Interviú / Historias de reporteros

A ti, que ya nunca comprarás esta revista

Fecha: 29/01/2018 Vanesa Lozano

Para empezar, diré que es el final. El final de uno de los últimos reductos del periodismo del que me enamoré cuando era niña, a pesar de que ya se antojaba platónico, y que conseguí conquistar hace cuatro años y medio. A ti, que recorriste las páginas de esta revista, quiero contarte que en interviú dimos voz a la familia de una chica captada por una secta. Y lo hicimos cuando todavía muchos no querían escuchar. Me gustaría que supieras que hice guardia en la puerta de un colegio dos días y dos noches para comprobar que un cura, condenado por pedofilia, vivía dentro. Y nadie me metió prisa. Que recorrí 500 kilómetros para mirar a los ojos de una madre que había huido a un refugio rural porque no soportaba ver a niñas con el uniforme que vestía su hija la mañana que se suicidó, ahogada por el acoso de sus compañeros de colegio. Y pude hacerlo porque alguien entendió que no hubiera podido abrazarla por teléfono. 

Que comí con un hombre acusado de asesinato antes de que se quitara la vida cuando iba a ser juzgado. Porque me inculcaron que solo el lector (y el juez) tiene derecho a discernir entre buenos y malos. Que publicamos los privilegios de corruptos en prisión a pesar de querellas posteriores. Que sacamos a la luz el diario de un monitor de ciclismo que registró los abusos sexuales a sus alumnos y se fugó a Japón por culpa de un resquicio legal. Que convencí a fuentes de que esperaran una semana para hacer pública una información con la única promesa de que elaboraría un reportaje exhaustivo y equilibrado. Que me permitieron esperar y, en ocasiones, olvidar que tenía una noticia para no entorpecer una investigación. Que me enseñaron a reconocer el trabajo de compañeros de otros medios y a no enfadarme demasiado cuando ellos no tuvieron la libertad de hacerlo. Que aquí pequeñas y grandes historias ocuparon las mismas páginas, que no hubo pueblo demasiado lejano. Que descubrí que la empatía y la honestidad son las mejores armas de persuasión y que en sucesos no todo vale. Me gustaría contarte todo esto para que entiendas lo que pierdes con este cierre, pero también porque necesitaré que me recuerdes que existió si no vuelvo a vivirlo o me despisto. Que me ayudes a explicárselo a quienes llegarán demasiado tarde. 

A ti, que ya nunca podrás comprar interviú, es justo que sepas que fue la revista de la Transición, sí, entre el periodismo de rueda de prensa y el reporterismo del dedo en la llaga. Que fue cabecera de desnudos, porque se quedó en pelotas por airear las vergüenzas de quien lastraba la sociedad sin importar cuánto poder ostentaba quien pagaba su corbata. Oirás que fue un semanario histórico por mostrar a Roldán en calzoncillos y es cierto, porque hizo historia hasta el final y porque, ya en sus estertores, cambió mi historia. 

Y que allí trabajaron tipos como Carlos Barrio, que me ofreció su magisterio y apoyo incondicional; Juanjo Fernández y su idealismo constante, cada vez menos practicado en este oficio; Pablo Vázquez y su habilidad para atisbar el interior de las personas e inmortalizarlo como nadie lo había hecho; Reyes Tatay, con su magia para conseguir lo imposible y hacerme creer que podemos arreglar el mundo; Alba Guerrero, su rigor y capacidad para sacar lo mejor en momentos difíciles. Y Luis Rendueles, de quien he aprendido sobre todo lo más importante: la primicia sin alardes, la satisfacción del trabajo sin adjetivos, la generosidad de compartir lo que se tiene con quien empieza y también con quien tiene una mala racha; la honradez y lealtad inquebrantables. Que no hay éxito sin esfuerzo. Y que el mayor reconocimiento es el del deber cumplido. Gracias por confiar en mí y llenarme de razones para que yo lo haga. Instinto y corazón. Que nunca nos falten. 

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