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Último número de Interviú / Historias de reporteros

Algunas emociones fuertes

Fecha: 29/01/2018 Juan José Fernández

Una tarde de mayo de 2014, un amigo de León me llamó para contarme que la policía había hallado un ejemplar de interviú en el piso de Montserrat González y su hija Triana, detenidas por el asesinato de Isabel Carrasco. Encontraron la revista en una mesita del salón, abierta por las páginas de un reportaje mío de diciembre de 2012 sobre dietas y sisas de la mandamás de la Diputación leonesa. Una presidenta con muchos kilómetros, se titulaba. Por supuesto, no hubo la más mínima relación causa-efecto entre el reportaje y el crimen, pero entenderán ustedes que me estremeciera al imaginar a madre e hija releyendo mi texto antes de agarrar el revólver y salir a la calle.

Este tipo de emociones fuertes reservaba el quehacer de interviú al reportero, muy frecuentemente invitado a reconocer la humanidad de los protagonistas de sus historias. La anécdota me dejó meditabundo durante días, tanto como para que, en mi siguiente viaje a León, guardara un rato para acercarme a la pasarela sobre el Bernesga en la que  tirotearon a Carrasco y, en el lugar justo donde le quitaron la vida, recitar mentalmente una oración.

Aquel reportaje leonés indagaba en un conjunto de corruptelas cometidas en Caja España, a su vez enmarcadas en una línea de investigación más amplia de esta revista sobre el multitudinario saqueo de las cajas de ahorros. He pasado un buen rato, un rato de los largos, intentando seleccionar reportajes míos que ilustren este artículo. Y he llevado al hueco principal una historia menor, intrahistoria casi: las vacaciones en Venecia de los dirigentes de Caja Segovia. Alguien definió una vez a interviú como “el Instagram de los corruptos”. No hay preboste que se forre que no se permita tarde o temprano una expansión, una francachela directamente proporcional a lo inmerecido de sus ganancias. Y esta publicación que se despide del kiosco siempre hizo didáctica de la corrupción enseñando sus lujos y jolgorios. Por ejemplo, los viajes con que, en el caso Innova, agasajaban a los médicos que prescribían ciertas prótesis. El empresario untador los anotaba en un cuaderno, con limpia caligrafía, como “regalías para tapar la boca”. 

Enseñar al público notas oscuras, órdenes confidenciales, cheques, grabaciones… ha sido uno de los placeres de trabajar en esta catedral de Periodismo, cuyo derrumbe se ha contado en telediarios y páginas de periódico. Romper secretos como vía de liberación, y siempre con la colaboración esencial de la fuente, ya sean mossos d’esquadra inmersos en la vorágine independentista, gasolineros con orden de rebañarle combustible al cliente, fontaneros del PP de Valencia obligados al blanqueo “pitufo” de las cuentas del partido, o, en fin, vecinos de Manilva (Málaga) sometidos a la arbitrariedad de su alcaldesa, a la que apodaban “Omaíta”, y su corte de enchufados, a los que, por ser comunista la jefa, llamaban “el KGB”.

Investigando historias de estas, uno constata que, en pleno siglo XXI, una parte sustancial de los españoles vive agobiada por algún poder cercano y silencioso del que a veces depende su pan. Para esos ciudadanos, que tanto han confiado en esta cabecera, destapar el neocaciquismo implica coraje. Y para el que lo cuenta, a veces conlleva costurones. O el riesgo inopinado de secuestro de la publicación por preguntar, por ejemplo, a dos juezas de Lugo. 

Pero nada de eso, con ser muy trascendente, tiene la importancia del perfil humano de este oficio. Todos los que trabajamos en interviú hemos tenido algún estremecimiento que se queda a vivir en la memoria. Inquilino de la mía es el tenso silencio de un grupo de hijos y nietos de republicanos fusilados en Paterna (Valencia) cuando, ante mis ojos –y para los lectores de esta revista–, ocuparon en el paredón el mismo lugar en el que sus antecesores exhalaron su último suspiro. Solo se oía la brisa entre los pinos. Ese recuerdo comparte espacio con el sonido de unas pisadas. En junio de 2011, veinte familiares de víctimas del accidente del metro de Valencia  accedieron a bajar a la estación de Jesús, la última por la que pasaron sus seres queridos, y meterse en un vagón para hacerse una foto. Para muchos de ellos era un ejercicio dolorosísimo, que afrontaban con labios apretados y ojos enrojecidos, conscientes de la necesidad de interpelar gráficamente al lector. Algunos se atrevían a bajar al túnel por vez primera desde el día de la tragedia. Durante el breve descenso de los escalones de hormigón nadie hablaba; solo se oían los pasos y algún suspiro. Nunca lo olvidaré.

Ya les he dicho que trabajar en interviú deparaba al reportero emociones fuertes. Entre las más intensas, la confianza generosa de las fuentes. En 42 años, tres generaciones de periodistas se han sucedido en esta cabecera, cada una con su estilo y circunstancia, pero las tres compartiendo un microclima favorable al Periodismo: libertad, disponibilidad de medios, una empresa dispuesta a asumir querellas y un lector fiel. El otro ingrediente clave es un buen colectivo en la redacción. A menudo, los reporteros de semanario somos perros solitarios, que no cazan en manada, ni militan en las tribus de ministerios, partidos, corrillos y viajes organizados. De esa clase selecta son mis compañeras y compañeros de interviú. Si forman ustedes parte de esa élite cada vez más reducida de la democracia que aún se toma la molestia de leer, sigan a quienes firman en este número de despedida, gente valiosa a la que ahora, al escribir estas líneas, cuando levanto la mirada de mi pantalla, veo meter sus cosas en cajas de cartón.

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