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Último número de Interviú / Historias de reporteros

Con andares toreros

Fecha: 29/01/2018 Carlos Barrio

Camina un poco por el pasillo de la redacción”, me dijo el redactor jefe Enrique Gómez del Prado una tarde de septiembre de 1990. Lo hice. “Sí, tiene andares toreros”, oí que le decía a su compañero Pepe Calabuig, quien ya me había leído en el semanario de un pueblo de Madrid donde solía escribir. Esa fue toda mi entrevista de trabajo para empezar a colaborar en interviú, haciendo, en principio, reportajes de asuntos taurinos. El primero fue a Manuel de Paz, un torero albaceteño, gitano y funcionario del ministerio de Trabajo. Luego vinieron otros, y un contrato fijo que me convirtió en periodista todoterreno, de los de coger el toro por los cuernos. Desde entonces, y hasta ahora, veintisiete años después, han calculado los compañeros de archivo que he escrito unos mil ochocientos temas en todos los ruedos de la actualidad. Y me ha sabido a poco. 

Lo mejor de esta locura de papel era, precisamente, la locura. Desde montarnos en un velero con Malena Gracia para reconquistar la isla de Perejil vigilados por una patrullera marroquí, hasta subir a lo más alto del Peñón de Gibraltar con Silvia Fominaya para que ondeara en toples la bandera española ante la indiferencia de los monos y el mosqueo de los llanitos allí presentes, que no tardaron en dar la voz de alarma a los bobbies. Aún recuerdo la tensión de la huida, con el fotógrafo Fernando Abizanda al volante y la canción de O-zone Dragostea Din Tei sonando a todo volumen en la radio del coche. Se quedan esos detalles grabados, igual que se queda para siempre instalada en la memoria del periodista la mirada rota de una madre de León que perdió a su hija, asesinada, y que aún sigue luchando por meter al criminal en la cárcel. O la de otra madre que vio cómo humillaban y agredían a su hijo, con una leve minusvalía, sus compañeros de clase, la manada del instituto.

Detrás de tantos reportajes laten cientos de gestos. Como el de la victoria que hizo Bartolomé Rubia, Bartolín, aquel concejal de La Carolina (Jaén) supuestamente secuestrado por ETA, cuando me ganó en una partida de billar después de una entrevista en la que seguía defendiendo su tragicómica historieta. O el hablar absolutamente científico de Joaquín Tapioles, un pastor zamorano que, obsesionado con las estrellas, construyó un observatorio astronómico en el establo donde guardaba sus cuatrocientas ovejas. El hombre sigue colaborando habitualmente con la NASA. 

Otro gesto, inolvidable, fue el de una ninfómana que quiso contar su historia en nuestras páginas y que no paró en todo el reportaje de intentar llevarme al huerto. O el del coronado marido de Olvido Hormigos cuando fuimos Guillermo Navarro y yo a Los Yébenes (Toledo) nada más conocerse la noticia del famoso vídeo erótico de la exconcejal socialista. ¡Y pensar que aquello fue el inicio de una larga amistad con la revista! Un último detalle, muy de interviú: el del actor porno italiano Roberto Malone, a quien entrevisté durante un rodaje mientras tocaba el piano con su miembro amorcillado entre escena y escena.

También quedan muchas horas de guardia a asesinos confesos puestos en libertad, a exconsejeros corruptos, a curas pederastas o a famosas rondando una clínica de cirugía estética, como Belén Esteban, pocos antes de que saliera en portada de la revista. 

No siempre fueron fáciles los reportajes, nunca lo son, pero hay algunos que firmé con la sensación de haberme librado de una buena, como cuando fuimos a Ordizia, la antigua Villafranca guipuzcoana, tierra natal del dirigente etarra Francisco Mujika Garmendia, Pakito, horas después de que lo detuvieran en la localidad francesa de Bidart. Por decirlo finamente, comentaré que sus vecinos no estaban muy de acuerdo con la presencia de “prensa española” en la manifestación de apoyo que le hicieron. Pero no solo en Euskadi había violencia. A pedradas salimos Abizanda y yo de un poblado chabolista madrileño cuando fuimos allí a informar de que se había convertido en un hipermercado de la droga. Tampoco fue agradable patearse el pueblo gerundense de Ripoll en los días posteriores al atentado terrorista de Barcelona, soportar el rechazo de las familias de los terroristas y conseguir las fotos de los jóvenes yihadistas cuando aún parecía que estaban integrados con el pueblo, en sus equipos de fútbol y en algunas excursiones, aunque en realidad estaban ya practicando la taqiyya.

No he recibido premios, salvo alguno colectivo, y estos otros que cito aquí y que valen mucho más que el oro en paño: en lo material, un tornillo del yate Azor y decenas de fósiles que me enseñó a encontrar Toño Pardo por los campos de España. Y en lo sentimental, el placer de haber trabajado con auténticas fieras del periodismo, de haberme convertido en amigo de muchos de ellos, el orgullo de haber servido de ejemplo a muchos becarios, las inquebrantables ganas de seguir trabajando de periodista, sea donde sea, el cariño y el buen hacer de tantas y tantas fuentes, inagotables para mí, y las interminables charlas sobre Borges que he mantenido con Pablo Vázquez, fotógrafo, compañero y amigo, en los miles de kilómetros de carretera que hemos fatigado –el verbo es del maestro argentino– a lo largo de los últimos veinte años. Eso, y la canción de The Boxer, reinterpretada por Mumford & Sons, que nos poníamos de premio al final de cada reportaje. Va por ustedes, queridos lectores.

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