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Último número de Interviú / Historias de reporteros

Una profesión de P

Fecha: 25/01/2018 Luis Rendueles
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Pes, las tres pes: policías, putas y periodistas. Lo escupían al aire los viejos maestros de la crónica negra. Como los maderos y las fulanas, decían, para ser un buen reportero había que estar en la calle, no pisar despachos y, sobre todo, no ir jamás a una rueda de prensa. En mi segundo reportaje en esta revista que ahora muere, Fernando Abizanda, fotógrafo y periodista con P mayúscula, me llevó a tomar tortilla de patatas a un garito infame de Galicia. Así empecé a ser reportero. Reportero de interviú.

Alberto Pozas y Agustín Valladolid me abrieron hace veinte años la puerta de un sitio único. Un año después me apoyaron cuando supimos que varios policías eran los secuestradores de la farmacéutica de Olot, que seguían en libertad y que nadie los acusaba. Aquellos días conocí la angustia y el Lexatín. También el orgullo de un trabajo bien hecho. Dos días después de publicar el reportaje, uno de los secuestradores confesó a la Guardia Civil y todos fueron detenidos.

Esta es una historia compartida. Para hacer los temas más complicados, a veces trabajábamos en pareja. La mía fue durante años Manuel Marlasca. Hemos hecho cientos de reportajes, tres libros y casi 500 programas de radio juntos. Si tengo que elegir un reportaje con él, elijo dos. La constancia de Manu hizo que pudiéramos publicar el caso de un pederasta valenciano que se había fugado. Los voluntarios de una ONG de Guatemala lo leyeron y reconocieron a uno de sus compañeros. El tipo se había escondido allí, cerca de otros niños. Y allí fue detenido y enviado a España.

Puticlub del kilómetro..., carretera de Andalucía. A la entrada, junto a la gasolinera”. Un hombre nos citó así una madrugada. Decía que quería entregarnos las pruebas sobre lo que estaba haciendo el ejército español en Irak. A la puerta del burdel, nos dio varios disquetes. Al llegar a la redacción de O’Donnell, no nos lo creíamos. Allí estaba todo: los informes de Inteligencia militar que demostraban que nuestros soldados mataban y luchaban por su vida en aquella zona “hortofrutícola”. Luego llegaron otras citas clandestinas, supongo que quienes nos pasaban material eran militares de paisano. Y otros reportajes en los que contamos la verdad de aquella guerra. Fuimos los primeros en dar las fotos de iraquíes que morían luchando contra españoles.

Políticos. Otra palabra que empieza por P. Nos mienten y parte de nuestro trabajo consiste en descubrirlo. Con mi siguiente pareja, Daniel Montero, nos tocó seguir el hedor de la corrupción. Por cierto, no hay trama de corruptos sin su “Cleopatra” (Gürtel) o su “volquete de putas” (Púnica). Nos contaron que había tramos del AVE a Barcelona con menos acero porque algunos se lo habían gastado en marisco y prostitutas. Conseguimos la declaración de la renta de la duquesa de Alba (le salía a devolver) y seguimos la pista del dinero que se fue con la princesa Corinna.

Durante todos estos años, algunos amigos policías y guardias civiles nos avisaron de que nos estábamos metiendo en líos. Que alguien había contratado a unos detectives de León para que nos siguieran, que un sicario que tenía el teléfono pinchado hablaba de ir a por nosotros... Una mañana llegó un aviso del juzgado: Ana Obregón pedía que secuestraran la revista donde contábamos que había encargado dar una paliza a Jaime Cantizano. Esto ha sido toda una escuela de vida. Siendo reportero de interviú nació mi hija y murió mi madre. En veinte años no he ido a una rueda de prensa.

Los últimos tiempos han sido muy duros. Recortes y desgarros personales. Fuimos perdiendo talento a chorros. A unos se los llevaron otras empresas; a otro, la parca, con P mayúscula. Pero incluso en estos tiempos tristes interviú me hizo otro regalo: los becarios o precarios. Una de aquellas, Vanesa Lozano, es una realidad y escribe unas páginas más allá en este número póstumo. Su trabajo la avala. No me quiero despedir sin hablar de otras dos periodistas, más recientes: se llaman Alba Guerrero y Reyes Tatay. Explótenlas. El presente, otra palabra con p que hoy suena a putada, es suyo.

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