Relatos policiacos / Artículos

Cuidado con equivocarte (y 2)

Fecha: 16/08/2010 por Juan Madrid
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Ilustración: Rafa Negrete

La contempló de espaldas, sentada en el taburete entre la media luz del local, con los codos apoyados en el mostrador. Ahora era grande y gorda, sin formas, pero antes había sido alta y hermosa, en otros tiempos, cuando él era policía y también era delgado, y llevaba buenos trajes y fumaba rubio emboquillado y sonreía con un costado de la boca. Tuvieron una relación –como se dice ahora–, pero que en realidad era que follaban sin parar durante la época en la que él estaba en el turno de noche de la comisaría y ella repartía copas y sonrisas en el Naikas, en la calle San Bernardo, mientras les mostraba a los clientes sus enormes tetas aún puntiagudas.

Llevaba cinco o seis años sin follar con ella –o quizá siete–, hasta que dos semanas atrás, con el asunto de la jefa del Gabinete de la señora presidenta, que intercambiaba parejas en un chalé de El Viso, se la pudo meter apartándole las nalgas con mucho esfuerzo, ambos borrachos como cubas, en el sofá de su despacho.

Se encaramó en el taburete al lado de ella y le dijo:
—¿Qué? ¿Qué tal, Glorita?
Ella se encogió de hombros con las dos manos aferradas al vaso de whisky y no se movió. Lucas Mallada se inclinó hacia ella.
—Bueno, aquí estoy yo repartiendo dinero. ¿Cómo te va?
—Ya ves –contestó.
—Hay curro, uno de los buenos. Yo soy tu Papá Noel particular, ¿eh, Glorita?
—No me llames Glorita, me jode mucho. ¿Puedo tomarme otro? –levantó el vaso.
—Sí, claro, tengo pasta. ¡Eh, Alberto! –llamó al camarero–. ¡Dos de lo mismo! –se volvió hacia ella–: Apunta, tienes que santear a una tía, lo que hace, dónde trabaja, a quién ve, si está casada…, esas cosas.

Lucas Mallada le entregó el papel que le había pasado Curiel con el nombre y la dirección de la chica y ella lo contempló durante unos instantes.
—Quimera Mayo, vaya nombrecito. ¿La investigación es sobre ella?
—No, a su amante, un tío del ayuntamiento. Se llama Pepe Escobedo. Parece que se ven dos o tres veces a la semana. Consigue una foto de ella.

Le mostró la otra foto, la de Escobedo.
—Vaya, es un viejales, esos son los peores. ¿Vas a entrar en la casa?
—Si puedo, no.
Lucas Mallada se guardó la foto.
—Vale, empezaré mañana. Quinientos por la investigación y otros mil más si voy de apoyo en el seguimiento.
Alberto les llevó los dos whiskies y Lucas Mallada levantó su vaso.
—¡Salud!

Gloria bebió de un solo trago lo que quedaba del suyo y empuñó el otro.
—Por adelantado–añadió.
—Espera un momento, aquí no tengo quinientos euros. Por qué no nos vamos un momentito al despacho y te los doy, ¿eh?
—¿Otra vez? Te he dicho que no. Anda y folla con tu mujer, ¿vale?
—Con mi mujer no follo desde hace tres años.
—¿Y a mí qué? O me adelantas quinientos o no hay investigación. Tú verás.

Lucas Mallada se palpó el paquete.

—Mira cómo se me ha puesto, tía, mírala. Parece una estaca, ¿la notas? Se me ha puesto como una piedra. Anda y vámonos un ratito al despacho, venga.
—Quinientos o no hay investigación. Te acompaño al cajero.
—Doscientos ahora y trescientos cuando me des el cante.
Luego, más tarde, Lucas Mallada entró en su casa, un piso de setenta metros en Aluche. Sus dos hijos estaban frente al televisor viendo un programa de muchas risas.

—Bueno, pero ¿qué es esto? ¿Es que mañana no hay colegio?

Sus hijos no le contestaron, casi nunca lo hacían. Se llevaban dos años y no hacían más que repetir curso.
—¿Dónde está vuestra madre?

Uno de ellos, el pequeño, señaló el pasillo con la mano.

—Se ha ido a dormir.

No eran sus hijos, eran de su mujer y de un sujeto que se había muerto o marchado a la Argentina a los pocos meses de nacer el pequeño. Tampoco ella era su mujer, vivían juntos desde hacía diez años. Él se había empeñado en que sus hijos lo llamaran “padre”, pero no había servido para nada.
Entró al dormitorio y encendió la luz. Su mujer fingía dormir desparramada en la cama. Se quedó mirándola hasta que abrió los ojos y le dijo:
—En la cocina tienes la cena, un poco de pisto.
Se desnudó y se acostó a su lado. La cama olía a sudor. Le puso la mano en la cadera, sobre el camisón de franela.
—¿Qué haces? –le preguntó ella sin volverse.
—Estoy caliente. Mira cómo la tengo.
Ella no se movió.
—Me duele la cabeza –dijo.
—Escucha, me ha entrado otra investigación. Otro tío del ayuntamiento, esta tarde ha venido Curiel al despacho.
Ella se dio la vuelta.
—¿Seis mil euros?
—Bueno, pero hay que descontar, ya sabes. Limpios, unos cuatro mil y pico. ¿Qué te parece?
—¿Por qué no pones el piso a mi nombre?
La canción de siempre. El piso lo había comprado cuando era policía, mediante una subasta amañada. Hubo compañeros que compraron dos, y otros, hasta tres. Siempre sospechó que Curiel había sacado más tajada que ninguno. Era el comisario.
—¿Sabes por qué no lo pongo a tu nombre?
Ella aguardó. Ya sabía la respuesta de Lucas.
—Para evitar que me envenenéis.
—¿Y si te da un infarto? Qué hago yo con los niños, ¿eh? ¿Me lo quieres decir? El piso se lo queda tu hermana, como si no lo supiera yo. ¿Por qué no nos casamos?
—Me envenenarías al otro día. Anda, tía, ponte que te la voy a meter.
—De eso nada, ¿no te he dicho que me duele la cabeza? Hazte una paja si quieres y déjame en paz.
Al día siguiente, por la noche, llamó a Gloria y le preguntó si había conseguido lo que le había pedido. Le contestó que sí, pero que ni hablar de ir al despacho. Si quería enterarse, tenía que acudir al bar con los trescientos euros que faltaban en la mano.
Lucas le entregó seis billetes de cincuenta euros y Gloria le entregó un sobre. Había conseguido una foto de Quimera Mayo. Una foto posando rodeada de libros. Tenía los ojos verdes y era bonita y risueña como una flor silvestre. Trabajaba en la librería del Museo Reina Sofía, en la sección de arte, y vivía sola. No tenía marido ni novio.
—Incluso me dijo que tenía mala suerte con los hombres –Gloria sonrió y bebió un trago de su whisky.
—¿No le has podido sacar lo del amante? –le preguntó Lucas.
—No me has pagado para eso.
Gloria tenía una extraña facilidad para hablar con todo el mundo y sacarle información. Notó que la mujer se reía o eso le pareció a él. Su corpachón se agitaba.
—Podías haberme hecho ese favor.
—Yo no hago favores. Bueno, y ahora ¿qué? ¿Me vas a necesitar para que te apoye en el seguimiento o no?
—No lo sé, joder. Ya te llamaré. ¿Qué haces?
Gloria ya estaba descendiendo del taburete con el vaso en la mano, que apuró.
—Pirarme, eso es lo que estoy haciendo –le volvió a sonreír.
¿Qué le pasaba a aquella mujer?
—Oye, espera un momento, Glorita, ¿no podemos tomarnos una copa? Yo te invito, tía.
—Vete a la mierda.
Se dirigió hacia la puerta. Lucas la agarró del brazo.
—¿Qué te pasa? ¿Es que no te doy curro? Puedo llamar a quien me dé la gana, a Inchausti o a Peláez, pero te llamo a ti. ¿A qué viene esto? ¿Es que no podemos pasar un ratito agradable en el despacho?
—¿Te acuerdas de la última vez?
—¿Cuándo?
—El mes pasado, cuando lo de la jefa del Gabinete. Me follaste en el sofá. ¿No te acuerdas de lo que me dijiste?
—Claro que me acuerdo.
—No, no te acuerdas. Me dijiste que ibas a dejar a tu mujer y que viviríamos juntos. Hace quince años que me vienes diciendo eso.
—¿Eso te dije?
—Sí, eso. Me lo vienes diciendo desde que te conocí. He perdido mi juventud contigo, hijo de perra.
Gloria contempló cómo Lucas sonreía. Esos dientes podridos.
—¿Sí? ¿Quieres que eche a mi mujer de mi piso y que te vengas conmigo?
Gloria aguardó.
—¿Para que me envenenes al otro día? –añadió.
Aquella noche, Lucas Mallada tampoco los perdió de vista. Charla que te charla bajaron la calle Libertad entre chicos y chicas que entraban y salían de los bares. Atravesaron la calle de la Reina y Lucas pensó que otra vez iban a ir andando hasta la calle Vizcaya, donde él se despediría de la chica y regresaría a su casa con su mujer. Lo había seguido durante una semana y siempre hacía lo mismo. ¡Joder, si al menos tomasen un taxi!

Sentado tras la mesa del despacho estaba cabreado, ya lo creo. Muy enfadado. Él era un tío muy bueno, un profesional. No podía tirarse andando todos los putos días. Doce mil euros era una mierda. ¿Cuánto le darían a Curiel los de la Comunidad? Un dineral, seguro. Curiel se llevaba siempre las mejores tajadas. Era así desde la comisaría. Tendría que hacer algo al respecto. La información valía mucho, ¡como si no lo supiera él!

Sonó el teléfono y lo descolgó. Era Gloria.
—¿Gloria? ¿Qué quieres?
Escuchó su voz, parecía algo borracha.
—Oye, he pensado que…, bueno, que me he porta… portado un poco mal contigo, ¿no? No quisiera que te enfadaras conmigo. Necesito que me des más trabajo.
—Yo te lo voy a dar siempre, cariño. Por qué no te vienes al despacho y arreglamos esto, ¿eh? ¿Qué dices?
Notó la respiración entrecortada de Gloria al otro lado de la línea.
—Vale, Lucas, vale… Voy para allá.
Curiel la vio en el mostrador del bar y avanzó hacia ella. Se detuvo a su lado y Gloria le dijo:
—Señor comisario.
—No me llames comisario, y menos, señor. Ya no soy comisario.
—Perdone, es la costumbre. ¿Un whisky?
—No, gracias. ¿Qué tal ha salido todo?
—Muy bien, señor…, digo, Curiel. Ha salido todo según lo previsto.
—¿Has traído los cedés?
—Sí, todos. Aquí están, en el bolso.
Gloria puso sobre el mostrador un paquete con los cedés. Curiel se los metió en el bolsillo de la chaqueta. Por debajo le tendió un sobre abultado. Gloria lo guardó en el bolso y se lo apretó contra el pecho.
—¿Qué has utilizado?
—Un destornillador afilado. Pensé que…, bueno, ya sabe. Tenía que fingir un robo poco profesional, ¿no?
—Sí, claro. Bien…, adiós.
Empezó a marcharse, pero Gloria lo detuvo agarrándolo del brazo.
—Si me necesita para otra cosa…, bueno, usted ya me conoce, soy muy buena.
—Sí, tengo su teléfono.
—Perdone, quisiera preguntarle… La chica y ese señor, ese Escobedo…, quiero decir, ¿es verdad?
—No lo sé. Los encontré en un bar y hablaron conmigo. Me dijeron que eran padre e hija. Yo tengo una hija, ¿sabe? No me habla –Curiel sonrió–. Le dije que lo envidiaba como padre.

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