Dobles parejas (1)
Fecha: 03/09/2010
Lorenzo Silva
(Madrid, 1966) es el principal renovador de la novela negra española. Creador de la pareja de guardias civiles Bevilacqua y Chamorro, ha obtenido el Premio Nadal y muchos otros galardones. Su última novela es La estrategia del agua. En este relato inédito, Dobles parejas, narra la historia de un hombre que confiesa un crimen, el de un maltratador y asesino.
No, no se preocupe, lo entiendo perfectamente. Tiene usted que reconstruirlo todo, con detalles precisos, por muy evidente que les parezca, por muy categórica que sea mi confesión. Yo podría ser perfectamente, aunque las circunstancias sugieran otra cosa, uno de esos tarados que cuando ven pasar un crimen cerca gustan de adjudicárselo, por el afán de salir en la tele o cualquier otra avería mental. O podría querer cargar con el mochuelo para encubrir la culpabilidad de otra persona a la que deseara proteger. Está claro que a cierta persona ya no tengo nada de que protegerla, pero quedan los chicos. Sí, podría estar culpándome yo, que a fin de cuentas ya lo tengo todo perdido, para librarlos a ellos. Es un buen punto, se lo reconozco.
Por eso necesitan que les diga con toda exactitud todo lo que pasó, qué fue lo que hizo, lo que hice, cómo, dónde y cuándo sucedió cada cosa. Seguro que tienen en alguna parte un micrófono y que todo esto que estoy diciendo se está quedando ya grabado. Así que les haré el relato del tirón, lo más completo que pueda y sepa, sin ocultarles nada que puedan necesitar para creer que lo que les estoy diciendo es la verdad, comprobable y consistente, y para que se la presenten a sus jefes, a su señoría o al lucero del alba. Voy a ayudarles. Siento que se lo debo.
Imagino que ya conocen los antecedentes del caso. Al menos los que quedan en los papeles, o en los ordenadores, que es donde lo tendrán todo guardado ahora y de donde lo habrán sacado en cuanto comprobaron las identidades. No saben lo que hubo antes: todos los gritos, todos los insultos, todos los malos modos y todas las amenazas que ella dejó pasar antes de poner la primera denuncia. En persona, aprovechando las entregas y recogidas de los chicos, o por teléfono, con el menor pretexto. De algunos de estos abusos me enteré, de muchos imagino que no. Ahora a lo mejor me preguntan por qué lo dejó, por qué lo dejé correr. Sí, veo la tele. Sí, oigo lo que dicen los anuncios, la ministra y toda la patulea de bienintencionados reformadores de la sociedad. Y ella también veía y oía. Pero aguantó una y otra vez sin denunciar porque no quería echarle encima el buldózer de la ley y de la justicia si podía evitarlo. Me decía que sólo era su mal carácter, su poca cabeza, que ya lo conocía y que por cuatro voces y cinco sandeces no se sentía con derecho a triturarlo, a que le plantaran una orden de alejamiento, le pusieran crudo ver a sus hijos y con un poco de mala suerte algo más. Esto es muy pequeño, aquí todos nos conocemos. Decía que no quería convertirlo en un apestado porque fuera un bocazas. Que cómo se lo iba a justificar después a sus hijos. Y así siguió tragando sus chulerías, sus salidas de tiesto y sus despropósitos.
Pero el tipo cruzó la raya. El día que osó ponerle la mano encima, la cosa ya no tenía marcha atrás. Porque eso sí que podría justificarlo ante sus hijos: muy zotes tenían que ser para no entender que eso no lo podía consentir, ni su madre ni nadie. Y desde luego, yo no iba a pasar por alto aquello, por mucho que me lo pidiera. Me la llevé directa al cuartelillo y al cafre le tocó chupar calabozo, sentarse delante del juez y comerse la primera condena y la orden de alejamiento que con tanto sacrificio ella había estado evitando. Se puso como una hiena, y no se privó de amenazarla ya en la acera del juzgado. Le advertí que no siguiera por ahí, que si malo era ya lo que tenía encima, peor era el talego. Le dije que no fuera gilipollas, que no le iba a pasar una, y que acercarse a ella, dirigirle la palabra o mandarle un simple SMS, como le había dicho la jueza, era quebrantamiento de la orden, delito de desobediencia y pasaporte para el trullo. Y que no íbamos a dejar de hacerlo efectivo, en cuanto nos diera ocasión. Pero el tío era gilipollas. A veces no se puede evitar, te toca alguien así, y entonces todo va de culo hasta el desastre. La siguió llamando, poniéndole mensajes al móvil. Los fuimos guardando todos, dándole un poco de margen, repitiendo los avisos. A su propio móvil, incluso, para que quedara registrado también. El día que se plantó en el portal, me dije y le dije que se había acabado. Tenía media docena de testigos. Tres se me rajaron, pero otros tres no. Así fue como lo mandamos, con todo el dolor de nuestro corazón, o bueno, quizá no tanto, a conocer la cárcel. No podía quejarse de que no se lo hubieran advertido, o de que no se lo había ganado. Pero les mentiría si les dijera que eso me dejó satisfecho. Cuando lo sacaron esposado del segundo juicio, camino de prisión, tuve la sensación de que habíamos desencadenado algo que ya no iba a parar. Y mirando todo aquel montaje, la parafernalia de jueces desbordados y de guardias y policías otro tanto, y disculpen, viendo el amontonamiento de papel y de historias chungas que había en aquellos juzgados, me temí que estábamos más indefensos y más en peligro que antes de haber puesto en marcha la presunta maquinaria justiciera.
Salió a los seis o siete meses, ya no recuerdo bien. Por buena conducta. Yo no sé qué tienen los hijos de perra y los zumbados, sea lo que fuera éste, que para mí que era las dos cosas, que cuando no están machacando a sus víctimas indefensas, cuando tienen encima una bota que les aprieta el cuello a base de bien, se portan siempre como angelitos. No tardamos en enterarnos de que andaba otra vez por el pueblo. Su gente hizo los deberes, no voy a decir que no. Los que podían hacer. El sargento jefe del puesto fue a verlo y todo. Le dijo que estaban encima de él. Que si volvía a hacer una tontería esta vez le iban a caer años. Que no fuera capullo. Vino luego a contárselo a ella, todo un detalle. Pero eso era todo lo que podía hacer, el sargento, y no era, ni mucho menos lo que hacía falta que se hiciera para pararlo. Mala pata y a fastidiarse. Y nos fastidiamos. Nos organizamos para que ella no fuera nunca sola a ninguna parte. La llevaba al trabajo. La recogía. Por suerte por mi trabajo yo tengo cierta flexibilidad de horario y eso ayudaba. Tanto si iba a hacer la compra, como si iba a ver a su hermana, como si iba a la peluquería o a depilarse, me llevaba de guardaespaldas.
Así fue, y así lo logramos mantener, hasta ayer mismo. Alguna vez me pareció verle, pero no podría asegurárselo. Supongo que estaba al acecho, pero que al darse cuenta de que no podía atacar con ventaja, lo fue posponiendo. Debió entender, aun con sus pocas luces, que primero tendría que quitarme a mí de en medio, y que en eso podía perder el tiempo que necesitaba para rematar la faena; si es que lograba desembarazarse de mí, que eso estaba por ver. Pero como ustedes bien saben, anteayer me vi transitoriamente incapacitado para seguir con mis labores de protección. El tipo acabó enterándose, ya les digo, esto es demasiado pequeño, y para mí que ni se lo pensó. Supo que tendría que hacerlo antes del mediodía, porque no podía estar seguro de que yo no estuviera de regreso por la tarde. Y se plantó allí. Lo que no sé, eso deberán decírselo los chicos, es cómo entró. No sé si tocó el timbre, si aprovechó un descuido, si los siguió, si los esperó en el rellano del piso de arriba y en cuanto oyó las llaves bajó en tromba y se metió dentro del piso. En lo poco que yo pude hablar con los chicos, no fueron capaces de aclarármelo, por el shock que tenían encima. Y quizá habría debido, pero no pude quedarme a hablar despacio con ellos. Después de que pasara todo, hubo un tiempo en el que mis actos no obedecían del todo a mi voluntad, sino a una fuerza superior a mí. No lo digo para exculparme, no se preocupen. En todo momento supe lo que estaba pasando, lo que estaba haciendo. Y quise hacerlo.
Quiso la fatalidad que llegara apenas cinco minutos tarde. Si hubiera terminado cinco minutos antes de arreglar los papeles, si hubiera habido algo menos de tráfico, si hubiera corrido más en la autovía… Pero no, llegué a esa hora. Las tres y cuarto, calculo. A tiempo, sólo, para encontrarlo ya todo hecho. Para oír los gritos de la chica, para ver cómo el chico intentaba en vano hacerle daño a su padre; para verla a ella en el suelo, ya medio desangrada. Y lo siguiente que vi fueron los ojos de él.
Me miraba de frente, el muy cabrón, mientras paraba los inofensivos golpes del chaval. Y su boca quizá no, pero sus ojos sonreían. Porque se la había jugado, me la había jugado: nos la había jugado a todos. Entonces me acerqué y me metí entre él y el crío. El instinto de proteger al chico, supongo. Lo aparté como pude hacia el salón y le pedí que se quedara ahí. El padre estaba en la cocina, apoyado sobre la encimera, a apenas dos metros del cuerpo de ella. Me agaché sobre mi mujer muerta y algo me pidió sacarle el cuchillo que tenía todavía clavado en mitad del pecho y cerrarle los ojos. Sí, ya sé que no se debe hacer. Ya sé que no debería haber tocado ninguna de las dos cosas. Pero no era mi cerebro el que decidía, o no la parte que podría haber admitido la necesidad de seguir ese protocolo de ustedes. Para mí en ese momento, toda la ley y la justicia, que no habían sabido protegerla, no valían una mierda. Con perdón.
Después de sacar el cuchillo, me quedé mirando la hoja manchada de sangre, sin poder creerlo. Sin poder creer que era de ella. Entonces el tipo habló. Dos palabras: “Te jodes”. Lo miré durante una fracción de segundo, mientras la sangre se repartía a presión por mis venas hasta hacerme reventar los músculos. Lo siguiente fue saltar como una ballesta y enterrarle el cuchillo en las costillas. No se lo esperaba. Se lo tragó como un muñeco. Y como un muñeco se fue al suelo. Me volví a los chicos y les dije que avisaran, que yo tenía algo que hacer. Y me fui.
Y ahora, agente, es cuando me toca contarle cómo hice lo otro. Aunque no espero que lo entienda. Ni falta que hace.
(La próxima semana, segunda y última entrega)
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