Una invasión zoológica (1)
Fecha: 19/08/2010Eugenio Fuentes nació en Montehermoso (Cáceres) y es un prestigioso novelista y articulista. Prefiere el retrato psicológico y social a la sangre. Su última novela es Contrarreloj, en la que su detective Ricardo Cupido investiga el asesinato del ganador del Tour de Francia. En este relato inédito, Cupido acude a un centro comercial donde uno de sus empleados deja animales sueltos para hundir el negocio.
Ilustración: Gustavo Otero
Ricardo Cupido no solía hacer sus compras en ninguno de los dos grandes centros comerciales que habían brotado en el extrarradio de Breda. Como vivía solo, se surtía para su consumo en las pequeñas tiendas del centro.
Por eso estuvo a punto de colgar el teléfono cuando una voz de hombre preguntó por él y se presentó como gerente de uno de los hipermercados, temiendo que se tratara de otra llamada más de acoso publicitario. Sin embargo, escuchó su petición y aceptó acudir al centro comercial una hora más tarde.
Las puertas automáticas se abrieron a su paso, bajo un cartel enorme donde una mujer que parecía feliz y victoriosa lo invitaba a compartir su felicidad y su victoria llenando el carro de la compra. Tal como le habían indicado, preguntó en Atención al Cliente por el gerente, señor Aguirre. El respeto con que la chica uniformada pronunció el cargo y el apellido de su superior le hicieron pensar en alguien de edad, pero el tipo que lo esperaba tras la mesa impoluta del despacho no sobrepasaba los treinta y cinco años. El traje a juego con los uniformes de los empleados intentaba ocultar el sobrante de grasa, las largas horas hundido en el profundo sillón de cuero vigilando la gran pantalla de la pared que reflejaba el movimiento de compradores en la fila de cajas. Extendió el brazo por encima de la mesa y saludó al detective con un enfático apretón de manos y una sonrisa que mostró una dentadura tan perfecta que serviría para el cartel de la sala de espera de un dentista. Con un gesto le indicó la silla frente a él.
—Tenemos un problema que preferimos atajar con rapidez y discreción, sin que salga a la luz pública. Y sin policía. Ya sabe cuánto disfruta la prensa hurgando en las denuncias que se presentan en las comisarías.
—De acuerdo. Confidencialidad –aceptó el detective.
—Sospechamos que detrás de todo se esconde uno de nuestros empleados.
—¿Robos?
—¡No! Al contrario. Alguien introduce en el centro algo que no queremos y que nos puede hacer mucho daño. Alguien introduce bichos.
—¿Bichos?
—Animales. La primera vez fue un murciélago. Estaba volando, buscando un escondite para colgarse, cuando lo descubrimos al llegar, antes de amanecer, por fortuna antes de abrir al público. Aunque toda la cubierta está doblemente sellada, pensamos que se trataba de un accidente, porque alguna vez se nos había colado algún pájaro. ¡Pero no un murciélago!
—Son roedores.
—Nos habría dado muy mala imagen. Aquí la limpieza es sagrada. ¡Qué digo limpieza! –enfatizó–. Más aún, la higiene. ¡En nuestro centro comercial la higiene es sagrada! Un mes más tarde descubrimos…
—¿Otro roedor?
—Descubrimos sus huellas. Unos animalitos –el tono de asco convirtió el diminutivo en un insulto– se nos habían colado de nuevo y correteaban por debajo de las estanterías buscando comida.
—¿Qué eran?
—Un par de hámsteres. Macho y hembra. ¡Pero los pillamos a tiempo! –suspiró-. ¡No sabe cómo se reproducen esas alimañas!
—¡Hámsteres! –el asombro del detective iba en aumento.
—Alguien los había comprado dos semanas antes en la propia tienda de animales del centro comercial. Aquello ya no podía ser casualidad y pusimos a investigar a nuestro propio servicio de seguridad, pero no sacamos nada en claro. Habían pagado la compra en efectivo para no dejar rastros, pero el vendedor cree recordar que fue un chico joven.
—Eso no ayuda mucho. El mundo está lleno de jóvenes.
—No ayuda mucho –reconoció Aguirre–, pero al menos ya estábamos seguros de que alguien intentaba sabotearnos.
—¿La competencia? –sugirió Cupido pensando en la otra multinacional que también se había instalado en Breda.
—Creo que no. Ellos serían capaces de cualquier cosa para derrotarnos. Saben que nuestros prestigio, nuestras ofertas y nuestras ventas están por encima de sus prestaciones. Pero, la verdad, no los imagino atacándonos con esos métodos.
—¿Qué medidas tomaron para contrarres-
tarlos?
—Comenzamos a vigilar cambiando nuestra mentalidad. Nos habíamos blindado contra los robos, pero no contra los… intrusos –dijo al fin–. Tenemos agentes, cámaras de seguridad, detectores electrónicos para que nadie se lleve nada sin pagar. Pero a partir de entonces redoblamos la vigilancia para que tampoco entrara nada.
—¿Algún cliente vengativo?
—Lo contemplamos, pero tampoco nos pareció probable. ¿Cómo iba alguien de fuera a introducir animales con tanta facilidad? Cuando vienen con una bolsa, miramos su contenido y la sellamos con calor. ¡No, no puede tratarse de un cliente! Además, es alguien con acceso al almacén. De allí salió anteayer el conejo.
Cupido levantó las cejas en un gesto de perplejidad. La invasión zoológica del hipermercado comenzaba a resultar cómica.
—Sí, un conejo doméstico, de color blanco y muy gordo, devorando tan campante las zanahorias de la sección Frutas y Verduras –pronunció con mayúsculas–. ¿Quiere verlo? Lo tenemos en una jaula.
—No, no es necesario.
—Y esa vez no pudimos ocultarlo a los clientes. Lo habían camuflado en un cajón mientras estaba en el almacén, y de allí salió al expositor. No nos dimos cuenta de su presencia hasta que dio un salto ante las narices de una cliente, que cayó hacia atrás del susto y estuvo a punto de meternos en un buen lío. Imagínese la escena: el grito, la caída, la amenaza de correr a contarlo en los periódicos, de denunciarnos por daños y perjuicios… Al final la convencimos de que no lo hiciera a cambio de servirle a domicilio un pedido semanal durante un año.
—¿Y tampoco encontraron pistas?
—Tampoco. Hemos registrado a los empleados según llegaban al trabajo, hemos analizado de forma exhaustiva sus pertenencias, hemos hecho controles por sorpresa… ¡Y nada!
—Tal como ha ido creciendo el tamaño de los animales, corren el riesgo de que la próxima vez logren colarle una oveja.
—¡Eso no sería lo peor! –suspiró-. Lo que nos aterra son los bichos más pequeños y dañinos, y más difíciles de controlar –suspiró, y Cupido visualizó una invasión de animales sin esqueleto, pero llenos de carroña y veneno, alacraneando entre los expositores–. ¿Comprende ahora por qué lo hemos llamado?
—Quieren encontrar al dueño del zoológico.
—Sí. Quienquiera que sea, está en alerta, nos conoce y conoce nuestros métodos de vigilancia y sabe cómo burlarlos. Necesitamos a alguien de fuera que sepa ver lo que nosotros no vemos –reconoció su impotencia y miró el despacho, la mesa brillante tras la que se parapetaba, el teléfono y la gran pantalla que enfocaba la fila de cajas. Todo aquello creaba adicción y no podía disimular su miedo a perderlo. Y si continuaba la invasión…
Cupido calculó las dificultades, lo extraño del encargo, tan distinto de los asuntos de siempre: los fraudes a los seguros, los cada vez más frecuentes conflictos laborales, los engaños, los robos, las desapariciones… Aunque en aquella ocasión no faltaba nada; al contrario, sobraban animales, que aparecían en un lugar donde nadie quería verlos. Aquellos trabajos de poca gravedad, sin dolor ni sangre, a veces se complicaban en exceso.
—Necesitaré libre acceso a los lugares y personas del centro. También a la plantilla de empleados y a sus horarios.
—Se lo facilitaremos. Pero nadie debe saber que trabaja para nosotros. ¿Sus honorarios?
Pidió una cantidad más alta de la habitual, que fue asumida sin reparos por Aguirre, y aceptó el trabajo.
Al día siguiente Cupido volvió al centro comercial como un cliente cualquiera, empujando un innecesario carro de la compra que pensaba devolver casi vacío, pues sólo iba a comprar en la sección de deportes un tornillo adaptador para válvula estrecha de ruedas de bicicleta, de modo que pudiera inflarlas en las gasolineras. Pero el carro lo volvía invisible, lo uniformaba entre las decenas de clientes que buscaban productos en las estanterías o comparaban los precios con gesto concentrado, sin mirar con quiénes se cruzaban. Muchos los llevaban atiborrados como containers con cajas de leche y bebidas, con redes de naranjas y patatas, con grandes paquetes de papel higiénico o de productos de limpieza o de comida para mascotas.
Avanzó despacio, observando a los empleados y a la gente que adquiría productos eficaces y funcionales: zapatos con más plástico que cuero, portarretratos con más metacrilato que cristal, muebles con más pvc que madera que conservara recuerdos de los bosques. En algunas secciones –electrónica, perfumería—había dependientes, identificados con una tarjeta prendida en la solapa, para atender a los clientes, y en otras –carnicería, pescadería, charcutería—para servir sus pedidos, pero en los pasillos de los productos manufacturados sólo vio cerca a los reponedores que apilaban montañas de pan de molde, de sandías, de garrafas de aceite de oliva en los expositores centrales, donde al instante comenzaban a cogerlos los clientes. ¡Parecía increíble que aquellos montones de comida fueran consumidos en unas pocas horas!
Aceptó de una azafata una tapa de Torta del Casar y la saboreó mientras a su lado se deslizaba veloz, con un paquete entre las manos, una chica patinadora que desapareció enseguida por la puerta del almacén y cuyo rostro le resultó vagamente familiar. Compró el queso y, obedeciendo la llamada del paladar, añadió unas bandejas de ibéricos. Y como resultaba cómodo el carro, en los siguientes pasillos cogió también unas botellas de vino, cervezas, latas de conserva que no solía encontrar en las pequeñas tiendas del centro y algunas comidas congeladas, en raciones individuales, que no había necesidad de cocinar.
Se le habían pasado dos horas observando aquí y allá, pensando y elaborando hipótesis, pero no, no había visto nada extraño ni sospechoso, ni en los clientes ni en los empleados. Como le había dicho Aguirre al despedirse, el centro comercial era una ciudad en pequeño, regida por una eficaz maquinaria.
Al fin se dirigió hacia la sección de deportes a comprar el adaptador de válvula, lo único que en realidad necesitaba, mientras se daba cuenta de la perfección de la trampa: había ido a comprar un tornillo y, sin advertirlo, también él contribuía a inundar de dinero una de las cajas.
Cogió el adaptador y, tras reflexionar unos instantes, también añadió un casco de ciclista, aunque no lo necesitaba.
(La próxima semana, segunda y última entrega)
Bloque: Publicidad
Lo +
Lo más leído
-
Danna Hamm: “Me relajan las novelas de forenses”
Es modelo, actriz, escritora y la doble más sexy de Angelina...
-
La extraña fortuna del senador Zerolo
El tren de vida del ex alcalde de Santa Cruz de Tenerife, Mig...
-
Lydia, de GH: “Soy una Barbie esperando a su Ken perfecto”
Explosiva, voluptuosa y exuberante. Así se ve Lydia Navarro y...
-
Terelu: "Me gusta el sexo a deshoras"
Terelu se asoma a la portada de la revista con su sesión de f...


Comentarios recientes
No hay comentarios