Relatos policiacos / Artículos

Una invasión zoológica (y 2)

Fecha: 26/08/2010 por Eugenio Fuentes
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El detective Ricardo Cupido acepta el encargo del responsable de un centro comercial. Debe averiguar quién está soltando allí animales vivos: primero un murciélago, luego hámsteres, un conejo blanco... para hundir el negocio. Cupido finge ser un cliente y devuelve un producto para comprobar los controles de seguridad, casi nulos.

Ilustración: Gustavo Otero Ilustración: Gustavo Otero

Otra vez Cupido volvió al centro comercial a la mañana siguiente, con el casco que había comprado la víspera y esperó su turno ante el mostrador de Atención al Cliente. Creía saber cómo se podía introducir algo en el hipermercado, pero necesitaba demostrarlo.

—Quiero devolver este casco –dijo a la empleada–.
—¿Me enseña el ticket de compra, por favor?
Tras comprobarlo, la empleada abrió someramente la caja, pero no le prestó ninguna atención. Podría haber ocultado dentro cualquier cosa sin que lo advirtiera.
—Es para un regalo, pero no acerté con el tamaño –se justificó Cupido–.
—¿Desea cambiarlo ahora o le devolvemos el dinero?
—Cambiarlo por la talla superior.
—Muy bien. Un minuto, por favor.
Su voz resonó por toda la megafonía del centro:
—Señorita Sonia Peregrino, acuda a Devoluciones. Señorita Sonia Peregrino, acuda a Devoluciones.

Medio minuto después el detective vio venir a la patinadora desde el fondo del pasillo, las piernas ágiles esquivando con soltura a los clientes.

—¿Sí? –preguntó a su compañera.
—Llévate este casco y trae una talla más grande.
—Enseguida.

Inmóvil, no era tan joven ni bonita como la minifalda y la agilidad le hacían aparentar, pero al ponerse en movimiento de nuevo arrastró tras ella las miradas brillantes de los hombres.
De repente Cupido encontró lo que estaba buscando en su memoria y asoció su apellido a los recuerdos que le habían hecho familiar su rostro cuando la vio el día anterior: una niña con los ojos enormes ocupándole la cara, jugando con un hermano en la tienda de su padre, El Peregrino. Pero no lograba recordar más detalles y, al salir del hipermercado, telefoneó al Alkalino, que lo citó media hora más tarde en el hotel Europa.

—¡Claro que lo recuerdo! –exclamó, como si fuera una ofensa dudar de su memoria–. El Peregrino era un local oscuro y algo maloliente, y tenía ese nombre por el apellido del dueño: un paralítico que se movía en silla de ruedas por toda la tienda con una agilidad asombrosa. Durante treinta años vendió cualquier cosa relacionada con animales. Tortugas, conejos, pollos de colores, algún cachorro de gato o perro y, sobre todo, canarios que hacía cantar con algún truco o, como sospechábamos todos, alimentándolos con semillas que sólo él conocía. Pero no sólo comerciaba con animales. Con eso no hubiera sobrevivido en Breda, donde todos éramos medio cazadores. También vendía alpiste, y piensos, y colmenas para abejas, liga para cazar, redes y cebos de pesca, trampas para ratones…

—¿Cuando cerró?
—Hará unos diez años, cuando abrieron las tiendas de mascotas en los dos centros comerciales. Allí venden hasta complementos de moda. Y acuarios, terrarios e insectarios. Peregrino se resistió un tiempo, pero al fin tuvo que aceptar que había muerto aquella manera de relacionarse con los animales, que formaban parte de la casa, sí, pero no de la familia, no sé si logro explicarme.
—Te explicas muy bien.
—Él no entendía eso de importar bichos exóticos: loros, cacatúas, iguanas… Hasta un mono, como si en Breda no hubiera suficiente zoología. Una vez le oí decir que sabía cómo mirar a un gato a los ojos para que lo obedeciera, pero que no sabía cómo mirar a una serpiente. La gente comenzó a abandonarlo. Nadie va a comprar a una tienda donde el dueño está siempre quejándose.
—Recuerdo a una niña pequeña jugando en medio de tantos animales, creo que con un hermano.
—Su hija.
—Y Peregrino, ¿qué hace ahora?
—¿Hacer? Supongo que sobrevivir, como hacemos todos. Oí decir que vive retirado en el campo, en una casa a orillas del Lebrón. Que sigue negándose a que lo ayuden con la silla de ruedas. Que los pájaros siguen cantando cuando les silba.
—No sé cómo podría conseguir tanta información sin tu ayuda –le agradeció Cupido–.

Volvió a su casa y estuvo un tiempo reflexionando con una profunda concentración sobre sus anotaciones, hasta que logró encajar la secuencia posible de los hechos. Respiraba nervioso cuando cerró el cuaderno y los ojos fatigados de ver las heridas, la pequeña venganza urdida de un modo casi ingenuo, la engañosa seguridad de golpear y quedar impune.

Pero le faltaban las pruebas. Se tumbó en el sofá en completo silencio, empujando hacia la luz cada movimiento, cada frase, cada episodio de la investigación para alumbrar un defecto, una cicatriz en la coartada. Hasta que se levantó de repente y llamó por teléfono a Aguirre para concertar con él una cita veinte minutos más tarde.

Se vistió deprisa la ropa deportiva, se colgó a la espalda la pequeña mochila de ciclista y sacó la bicicleta del garaje. Llevaba dos semanas sin montar y echaba de menos el ejercicio. El sobrante de energía física le hormigueaba en los talones.

Aguirre estaba esperándolo en la oficina, en la misma postura tras la mesa, como si no se hubiera movido, viendo en la pantalla las mismas imágenes de los clientes pagando en las cajas. Sólo era distinta, más intensa, la ansiedad de la voz al preguntar:
—¿Hay novedades?
—No, aún no. Quizá pronto. De momento, necesito dos cosas.
—Sí.
—Quiero ver las fichas de algunos empleados.

Aguirre lo dejó solo en la oficina y Cupido estudió los datos de Sonia Peregrino: la dirección, la edad, los estudios de Veterinaria abandonados en 2º. Soltera y madre de una niña de cuatro años. Y abajo, la firma, el nombre escrito con una letra pequeña y nerviosa y rodeada luego dos veces por el trazo circular de la rúbrica, como una doble muralla tras la que protegerse contra el mundo.
Aguirre apareció unos minutos después.
—¿Y la segunda petición?
—¿Todavía tienen el conejo? –solicitó Cupido.

Pedaleó despacio, notando en la mochila los movimientos del animal asustado. Preguntó entre las casas desparramadas por la orilla del Lebrón hasta localizar la vivienda de Peregrino.
La cancela estaba cerrada. El detective se detuvo en el camino, bajó de la bicicleta y se agachó con disimulo a desinflar la rueda trasera.
—¿Hay alguien? –gritó.

Dos perros apacibles se acercaron caminando hasta la valla, moviendo la cola, pero Cupido no dio un paso para invadir su territorio. Unos segundos después se abrió la puerta de la casa y asomaron las ruedas de una vieja silla, muy parecidas a las de la bicicleta, las rodillas huecas y huesudas afilando los pantalones y el rostro afable del hombre sobre los hombros anchos y escarpados. Los perros volvieron la cabeza hacia él, esperando sus órdenes sobre el detective. En un rincón de la valla habían alambrado un espacio desde donde curioseaban nerviosos unos conejos. De dentro de la casa llegaba un trino de canarios.
—¿Sí?
—Buenas tardes. Perdone que lo moleste. He pinchado –señaló la rueda trasera–. Al cambiar la cámara me he dado cuenta de que no llevaba encima la bomba, la olvidé en casa. Tal vez usted tenga una por ahí.
—¡Por supuesto que sí! –respondió–. Pase, no se quede ahí fuera. Los perros no hacen nada.

Giró la silla sin aparente esfuerzo para entrar en la casa, pero en el umbral apareció la niña y, entre sus piernas flacuchas, asomó un pequeño gato gris que se frotó contra uno de sus tobillos, como si hubiera algo fraternal entre todos ellos, entre el viejo en la silla de ruedas, la niña, el gato, los perros y el canto de los pájaros. Cupido descorrió el cerrojo y entró en la parcela. Los perros se acercaron a su espalda y olisquearon con interés la mochila hasta que Peregrino los alejó con una orden.
—¿Qué tipo de válvula lleva?
—Estrecha, pero tengo adaptador.
—No hará falta. Yo también uso la estrecha en estas ruedas.

El sol se había puesto, pero aún flotaba esa luz de los veranos que prolonga la claridad del día. Si se demoraba mucho más, el regreso a Breda en bicicleta sería peligroso, pero necesitaba hablar con la chica de los patines.
—Aquí tiene –Peregrino reapareció con la bomba sobre las rodillas inertes–.
—Gracias.
Se agachó y comenzó a inflar con movimientos firmes y regulares. Comprobó la presión de la cámara y siguió inflando cuando ya no era necesario, oyendo a su espalda la voz del paralítico:
—…cuestión de suerte. Puedes pasarte un año sin sufrir ni un percance y de repente pinchar tres veces en un día.

Le devolvió la bomba y se disponía a marcharse cuando oyó el coche reduciendo la marcha al entrar por la cancela. La chica bajó entre el alborozo de los perros y de la niña, que corrió hasta sus brazos. Allí, en el campo, sin patines, sin minifalda y sin maquillaje, resultaba menos llamativa, pero era casi hermosa. Miró fugazmente al detective y a su bicicleta, sin decir nada, pero Cupido supo que lo había reconocido. Avanzó con la niña en brazos hasta su padre y se agachó a besarlo, asintiendo a su explicación de la presencia del ciclista, del pinchazo y de la mala suerte, de accidentes, porque empezaba a oscurecer y sería peligroso circular.
—Tal vez mi hija pueda acercarlo a Breda –ofreció por ella–. La bici cabe en el coche. Ella trabaja allí, en un centro comercial.

—¿Sí? –preguntó Cupido.
—En la sección de Devoluciones –respondió ella, por primera vez mirándolo a los ojos.
—Trabaja mucho, no la dejan parar –siguió explicando desde atrás, locuaz y bondadoso–. En esos sitios la gente devuelve todo lo que no les sirve y aquello que lamentan haber comprado, lo que estropean y rompen y dicen que estaba roto y los regalos de Navidad para recuperar un dinero que no es suyo. Sonia podría contarle cosas peores. No la dejan descansar.
—Él ya lo sabe, papá. También fue a devolver algo. Un casco de ciclista.

El viejo debió de captar en la voz de su hija un acento extraño, porque quedó en silencio y giró la silla para volver a la casa con la niña, mientras se despedía:
—Suerte en el camino de regreso, no pinche otra vez. Y no se demore mucho, se está yendo la luz. Si algún día necesita ayuda, ya sabe dónde estamos.
—¿A qué ha venido? –le preguntó Sonia cuando se quedaron solos.

Cupido se despojó de la pequeña mochila que llevaba a la espalda.

—He venido a devolverle algo.
—Ahora no estoy trabajando. Ya doy allí suficientes horas.
—No es una compra del centro comercial. Es algo suyo.
—¿Mío? –preguntó con ironía, pero sus ojos se inundaron de alerta.

El detective abrió unos centímetros la cremallera de la mochila y vieron la mancha blanca, el hocico húmedo y rosado, el brillo redondo y duro de los ojos absorbiendo la luz del crepúsculo.

—No sé a qué se refiere –negó Sonia mirando con temor hacia la casa.

Cupido se agachó y puso la mochila en el suelo, abrió la cremallera y el conejo saltó corriendo hacia la jaula familiar donde los otros lo esperaban. Se agazapó junto a la puerta cerrada y, con un gesto inconfundible, copiado de los perros, esperó a que le abrieran su refugio.

—¿Por qué? –le preguntó.
—Ellos arruinaron a mi padre –empequeñecida, buscó la forma de decirlo con pocas palabras–. Provocaron el cierre de la tienda.

Cupido asintió con lentos movimientos de cabeza. Se sentía como un mago fullero que sorprende con un juego de chistera a un espectador inocente y lo obliga a salir al escenario a confesar su pasmo. Pero no tenía otra manera de resolver el conflicto entre las dos lealtades: hacia el viejo sentimiento de piedad que los años habían mitigado, pero no abolido, y hacia el pacto con Aguirre.

—¿Qué va a hacer ahora? –preguntó Sonia.
—Un trato con usted.
—¿Qué?
—Nadie sabrá nada, pero a cambio allí no pueden volver a aparecer intrusos.
—¿Sólo eso? –preguntó, desconcertada ante su propuesta.
—Usted necesita ese trabajo.
—De acuerdo –aceptó.
Cupido pasó la pierna por encima del cuadro y encajó la cala en el pedal. El chasquido sonó amplificado por el silencio de la tarde. Cuando dio la primera pedalada, ella dijo:
—Gracias.
Sin detenerse, el detective señaló hacia la casa y replicó:
—Cuídelos. La necesitan.

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